
Somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada. Nuestras fachadas son muy bonitas pero, ¿quién es ese loco, presa del insomnio, que en el interior, para las horas dando vueltas, apagando y prendiendo las luces?
Somos casas con infinitas habitaciones, pasillos, corredores sombríos que dan a escaleras que suben y bajan. Hay infinitos dédalos a los que conducen ascensores que dan a sótanos, mundos insospechados, llenos de ira, de fura, de sensualidad, de sexualidad, de fluidos, de entorpecimientos, de balbuceos. Hay ahí, un montón de chimeneas sin deshollinar, un montón de pasadizos secretos, de habitaciones líquidas, orgánicas; hay allí, en lo negro de ese inmueble que somos todos, acuarios en donde nadan los peces más extraños, más carnívoros, más horribles.
Hay jardines interiores en los que viven animales salvajes en libertad, fieras magníficas: leones, caimanes, tigres con diente de sable.
Pero todo esto, este mundo espléndido, está sin explorar, es desconocido: el inquilino que vive allí, en la casa que somos, experimenta un profundo temor ante la idea de abandonar la habitación en la que se guarece: mundo doméstico con una calefacción agradable, salita protegida del dolor, pequeño interior tranquilizante.
Somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada
Estar en guerra para liberar a los buitres y a las hienas que sabrán devorar la carroña que creo que vive en mí: la comodidad de mi situación cómoda que vive en el jardín trasero, gracias a la sangre de los otros
¡Catástrofe, catástrofe, estremecimiento!
La sangre de la poesía en la garganta.
¡Abrir por fin las ventanas, con el riesgo de romper los cristales!